La música es inseparable del territorio que ella construye, y por eso decimos coloquialmente que “nos sentimos identificados” con tal o cual canción. Este territorio –amenazado constantemente- se mantiene a través de una pequeña repetición con la que se asegurará en el momento de su efectuación, la consistencia territorial. No hay existencia sin territorio, y dicho sea de paso, el territorio va a esbozar y trazar el cómo de la misma.
Hay ciertas expresividades musicales que hacen desplegar nuestra existencia más allá de los límites que creíamos infranqueables, más allá de las discursividades moralizadoras y vehiculantes de la producción de subjetividad capitalística. Entrar pues, en conexión; Universos increíbles de virtualidad, todo un cosmos en nuestro cuerpo, para hablar un curioso silencio sideral, una cosmicidad musical, o una especialidad hiperdilatada .
De manera inversa –que no opuesta- llega a ser la música no inspiración sino aliada de la filosofía. Pues, ¿qué gran filósofo no ha hecho de su filosofía, música? ¿qué gran filósofo no ha incluido la música dentro, pero sin apropiársela, de sus conceptos? La musicalidad del filosófo es, con mucho, la virtud del despliegue del sentir. Aquellos que no han incluida la música, o que no se han incluido con ella, en fin, sabemos que han hecho de todo menos filosofía.
De cualquier manera, hay un rechazo hacia la música que no esté acompañada por la voz. Acaso Ligeti, Stockhausen y Boulez hayan sido capaces de liberar la voz de un conjunto de discursos “significadores” que la aprisionaban. Se da, decimos, una incapacidad de ver territorios en la música, y bien es cierto que aquélla nos invade y solemos dedicarnos a escuchar otras Disposiciones que “nos digan algo”. Puede que hayamos perdido el oído, o quedado sordos. Aun así, sacaremos algo positivo de todo esto: En un momento de saturación vocal, dentro de aquello llamado panorama musical, existe siempre una eclosión e implosión de la subjetividad que se abre, ipso facto, hacia singularidades promotoras de creación que, no renegando de algún que otro molde preestablecido capitalísticamente (con el fin de no caer en aquel abismo de indiferenciación). Tal es el caso de grupos, o grupúsculos como Sigur Rós, Explosions in the Sky, Mono, etc.
Resulta francamente estúpido y snob calificar de buena o mala, de rechazar abiertamente o de aceptar una música en función del número de oyentes y de la “clase” de los mismos. Únicamente decirnos: “la música no se hizo para nosotros, sino con nosotros”. Cuando hablamos de música, decimos dos elementos constitutivos absolutamente necesarios para que ella misma tenga sentido y sea sentida: El territorio existencial y los Universos de Referencia. Pongamos un ejemplo de esto último. El género (aunque no nos satisfaga en demasía esta palabra] del post-rock habilitó un filo creativo, que dio lugar (como podría haber dado lugar a “otra cosa”) al space-rock o viceversa. Y post-rock o space-rock proceden igualmente de un filo (reino, familia) que habilitó su propia generación. Por supuesto, el filo no es, por sí mismo, garantía de ninguna creación, pues éste ha de estar en contacto con flujos, que a su vez contactan en y con territorios existenciales, etc.
No nos preguntaremos qué puede aportar la filosofía a la música (en el caso de que lo haya hecho) sino qué puede aportar la música a la filosofía. Diremos: Afectos, afectos, y más afectos. Modulaciones y variaciones en el sentir, en el cuerpo, nuevas Disposiciones desde las que construir y con las que crear. Es claro que no todo lo que se construye es, de entrada, positivo o liberador. Pero éste es un elemento-riesgo con el que debemos caminar, sabernos y trabajar. De otro modo, caeríamos en el conformismo por cuestión de seguridad, o en un confort apático del que difícilmente renunciaremos una vez llegado el momento de ponerse a tocar, y paralelamente, a escuchar.










